Actualizado: 1 de agosto de 2008
Cuando todos pensaban que el Indianápolis Motor Speedway, para muchos el circuito más legendario de la historia del
automovilismo, sucumbiría tarde o temprano contra la tecnología y altísimas velocidades una vez más volvió a demostrar que
es capaz de aniquilar hasta a los mejores autos.
Esta vez los castigados fueron los autos de la NASCAR, específicamente los neumáticos Goodyear que el domingo pasado (27 de
julio) fueron las últimas víctimas del mítico óvalo.
Aquel día se disputaba el Brickyard 400, competencia equivalente a unas 400 Millas de Indianápolis para los stock car, donde
desde antes de la carrera se advertía sobre la peligrosa rapidez con el que los neumáticos se degradaban, logrando realizar
apenas 10 o 12 vueltas al circuito antes de despedazarse.
El antecedente más cercano a este problema ocurrió en el nefasto Gran Premio de los Estados Unidos del 2005 de la
Fórmula 1, en el que Michelin denunció el mismo problema impidiendo a sus autos participar en la carrera. Solo seis
autos (todos con neumáticos Bridgestone) fueron los que disputaron una de las carreras más ridículas de la historia.
En ambos casos el problema fue que los neumáticos no podían aguantar la dura composición de la pista, en especial en sus
curva peraltadas.
NASCAR no quería repetir dicha vergüenza y tomó la drástica decisión de hacer aguantar los neumáticos como sea las 160
vueltas de la competencia. Para cuidarlos tuvieron que sacar las banderas amarillas cada 10 o 12 vueltas para que los
equipos pudieran hacer los cambios de llantas. Las constantes paralizaciones generaron gran malestar entre los fanáticos.
Jimmie Johnson fue el que mejor administró los problemas neumáticos y la dureza de la pista y se llevó la victoria, aunque
esta carrera será más recordada como una de las más raras de los últimos años.
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